La chica mecánica

La ciencia ficción, más allá de las clasificaciones históricas en subgéneros siempre se ha subdivido en dos vertientes de modo clásico: las historias que, sobre una base de verosimilitud (no fidelidad ni realismo) intentan construirse con el único afán de constituir un divertimiento que apele a la imaginación y al sentido de la maravilla (como el Ciclo de Marte de Edgar Rice Burroughs); y aquellas, las más interesantes, que no se cimientan únicamente en estos pilares sino que son auténticas hijas de su tiempo y son un reflejo de las inquietudes de la época o el autor, tanto de los temas tratados directamente en la ficción como los abordados en forma de metáfora dando un interminable listado de obras que invitan a la reflexión de un modo más sutil, abierto, visual e ilustrativo que el enfoque frontal de la disertación pura. Dentro de esta segunda categoría podemos englobar el libro que vamos a reseñar a continuación: La chica mecánica.

El universo de la novela se sitúa en la Tailandia de un hipotético siglo XXII en el cual han desaparecido los combustibles fósiles y la biotecnología es el eje central de toda la tecnología. Las grandes compañías de semillas patentadas buscan desesperadamente nuevos recursos genéticos para poder seguir anticipándose a las plagas que azotan a sus variedades patentadas (las únicas que en teoría quedan); la tracción animal en forma de megalodontes (un trasunto de elefantes modificados genéticamente para ser más grandes y realizar cargas pesadas) es la principal fuente de energía de la industria; uno de los cultos mayoritarios es la Iglesia Grahamita (un remedo mezcla de cristianismo, budismo y fobia a la biotecnología); y en algunos países como Japón carentes de mano de obra se han creado trasuntos de humanos no carentes de reminiscencias de los replicantes de Blade Runner, los Neoseres, diseñados ex profeso hasta el mínimo detalle para una tarea determinada.

A lo largo del libro confluyen varias tramas, siendo las de más peso la historia de Anderson Lake, un agente encubierto de una empresa de semillas que sospecha que el gobierno tailandés está ocultando un banco de semillas de altísimo interés para su empresa; la de Emiko, el neoser; la chica mecánica, que da título al libro y que malvive prostituida en contra de una voluntad casi inexistente a causa de su diseño; y Jaidee y Kanya, una pareja de milicianos al servicio del Ministerio de Medio Ambiente y héroes del pueblo  que buscan eliminar toda intervención extranjera del país. Estas tramas, junto con otras secundarias, se van intercalando, influyendo y convergiendo a lo largo de la novela en lo que lo más destacable es que todos los personajes se hallan en zonas morales grises, todos tienen definidos sus objetivos y con todos es igual de fácil empatizar del mismo modo que se observa que tienen aspectos cuestionables. A pesar de ello, no son personajes excesivamente carismáticos y no evolucionan en demasía (salvo Emiko) a lo largo del libro.

Lo que realmente anima a proseguir con la lectura del libro es el mundo construido: resulta fascinante a casi todos los niveles, a lo que ayuda bastante el conocimiento de la realidad social actual del país, encajando a la perfección con ese segundo tipo de ciencia ficción (el de la metáfora del tiempo en que nace) al que se ha referido al principio del análisis: muchos de nuestros problemas siguen acuciando en el futuro, desconfianza, xenofobia, segregación social, inestabilidad, catástrofes… a los que hay que añadir los problemas derivados del mal uso de la biotecnología, muchos de los cuales están siendo denunciados en la actualidad.

Es en este punto se observan algunos fallos a nivel científico y técnico: el primero de ellos se halla en el uso de tracción animal como principal fuente de energía en la industria. El hecho de que sea la única fuente y no se empleen otras fuentes desarrolladas a lo largo del siglo (todas las renovables y la nuclear por poner algunos ejemplos) resta algo de verosimilitud a la novela. Y el segundo es el que está más relacionado con los malos usos planteados  anteriormente: sobre todo en lo referido a la patentabilidad de las semillas y las resistencias a las superplagas descritas. Ambos problemas están entre los más denunciados por grupos ecologistas a día de hoy y si bien en el primero no nos hallamos ante una media verdad, aunque no se mencione la existencia de proyectos libres de regalías como los llevados a cabo por los gobiernos chino o brasileño, en el segundo hay más que discutir: no se llega a aclarar si las superplagas son resultado de presión selectiva más o menos indeseada o si por el contrario fueron diseñadas en el laboratorio como parte de una estrategia para eliminar competencia (un planteamiento que guarda bastantes semejanzas con mitos leyendas sobre OGM circulantes en la actualidad).

A pesar de ello el libro sigue siendo muy recomendable y disfrutable como lectura ligera y sus fallos técnicos a su vez, pueden ser un indicativo de lo necesario de divulgar ciencia.Imagen

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